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Travesía de los haitianos que tratan de llegar a EE. UU. – EEUU – Internacional

Written by on September 19, 2021


Miles de kilómetros de carretera, días enteros por montañas y selvas, asaltos y naufragios. En su camino a EE. UU., huyendo de la pobreza, los migrantes haitianos desgranan una tragedia.

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Muchos se lanzan a la aventura alentados por familiares y amigos que alcanzaron la meta, pero que poco hablan de las desdichas que les esperan, como quedar atrapados en Tapachula, una ciudad del sur de México que se convirtió en un embudo donde decenas de miles de haitianos y centroamericanos buscan desesperadamente un permiso para avanzar hacia el norte y no ser deportados a Guatemala.

Cansados de esperar y con el poco dinero que cargan, algunos continúan su marcha indocumentados, pero en la frontera con EE. UU. vuelven a quedar varados. Se estima que más de 14.000 que han cruzado el río Bravo se agolpan ahora bajo un puente que comunica a Ciudad Acuña (México) y Del Río (Texas) para pedir refugio en EE. UU., que comenzó este domingo a deportar a decenas de ellos a Haití.

Según le dijo a la agencia Efe un agente de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por su sigla en inglés), dos vuelos salieron este domingo  del aeropuerto de la ciudad de San Antonio, y otro, de la fronteriza Laredo, después de que el Departamento de Seguridad Interior de EE. UU. anunció el sábado que se iba a aumentar el número y la capacidad de los “vuelos de deportación” para aquellos migrantes en Del Río.

Migrantes haitianos

Mas de 10,000 migrantes han llegado en los últimos días a las ciudades fronterizas de Del Río, en Texas (EE. UU.) y Ciudad Acuña, en México.

Foto:

Foto: Jordan Vonderhaar. Getty Images. AFP

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Lo cierto es que para muchos hay incertidumbre. Cada noche, a Murat ‘Dodo’ Tilus lo despierta el insoportable dolor en un brazo que le dejó una caída en una montaña colombiana, en la travesía para reunirse con su hermano en Miami.

El 8 de agosto, él, su esposa, una hija y dos nietos abandonaron Chile. Un mes después, tras cruzar por diez países, llegaron a Tapachula. A Chile habían emigrado en 2017 aprovechando la apertura de ese país tras el terremoto de 2010, que dejó 200.000 muertos en Haití. “Mi casa se cayó, mi familia murió. Después yo hice una iniciativa con mi señora de irnos a otro país”, cuenta Tilus, un electricista de 49 años.

Pero el “sueño chileno” empezó a diluirse en 2018, cuando el Gobierno impuso medidas que restringen la migración. En Chile, “es muy difícil conseguir el carnet (permiso de trabajo). Se encareció todo, por eso la gente quiere salir para buscar una vida mejor”, dice.

Entre él y su esposa, Rose Marie, reunieron unos 5.000 dólares para llegar a Tapachula. Salieron en bus de Arica y ahora comparten un cuarto de una humilde vivienda, donde residen otras cuatro familias haitianas. La ciudad, de 350.000 habitantes, está colapsada. Y si no fuera por las remesas de su hermano, Tilus y su familia estarían en la calle, como otros migrantes.

Migrantes haitianos

Algunos migrantes esperan en México para tramitar su solicitud de refugio, pero otros deciden avanzar hacia EE. UU.

Entre cuatro paredes, los Tilus esperan la cita que les dieron para tramitar su solicitud de refugio en diciembre. Pero la Comar –entidad que atiende esas solicitudes– está desbordada. Este año ha gestionado unos 77.559 permisos, superando los 70.400 de todo 2019.

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Cientos de migrantes trataron de avanzar en caravanas este mes, pero fueron reprimidos por autoridades mexicanas. “Quiero seguir (a EE. UU.) legalmente”, afirma Tilus.

Mi casa se cayó, mi familia murió. Después yo hice una iniciativa con mi señora de irnos a otro país

Como su primo ‘Dodo’, Judith Joseph también busca establecerse en EE. UU. Huyó a Chile en 2017, luego de que uno de sus tres hijos fue asesinado. Con dificultad para caminar, esta mujer diabética e hipertensa, de 43 años, partió el 10 de julio y arribó a Tapachula el 6 de septiembre junto con sus hijos menores de edad.

La familia cuenta que vivió uno de sus peores momentos en el Tapón del Darién, zona selvática entre Colombia y Panamá, donde operan grupos criminales y algunos compañeros se ahogaron intentando atravesar un río. “Cuando pasamos la selva (…), donde estaba la montaña de Panamá, cruzábamos el río y ahí morían personas”, recuerda Samuel, de 11 años. Otros fueron despojados de sus pocas pertenencias.

El niño evoca su vida en Haití como algo igualmente “difícil”, con su madre trabajando en un mercado. “Cuando estaba donde mi abuela, de noche había ratones en la cocina; cuando era de día siempre había militares haitianos disparando afuera de la casa”, dice.

Judith es asistida por Samuel y Cristelle, de ocho años, quienes le ayudan a caminar y comunicarse en español. Viven hacinados con otras personas en un precario cuarto a las afueras de Tapachula. Con dinero que reciben de parientes en EE. UU. pagarán los 75 dólares de renta, hasta que logren el estatuto de refugiados y de ese modo seguir a EE. UU.

AFP Y Efe

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