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Libro el revés de la nación y la otra cara de las regiones naturales – Colombia

Written by on September 10, 2021


Hace unos meses, en este periódico, el columnista y escritor Juan Esteban Constaín calificó el libro El revés de la nación, de Margarita Serje, de brillante, adjetivo que alude al método creativo que utilizó la autora para desarrollar sus postulados sobre las fronteras internas.

Con este libro, Margarita se doctoró en Antropología Social y Etnología, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Su trabajo lo conocieron renombrados investigadores franceses, especializados en Colombia, como Daniel Pécaut y Christian Gros y Philippe Descola, su director de tesis, quienes alentaron sus indagaciones sobre un tema candente del que se habla casi siempre a la ligera.

Y por eso discutió su contenido con quienes entre nosotros le han hincado el diente al problema de manera sistemática, entre muchos otros, con Fernán González, Augusto Gómez, Fernando Cúbides, María Clemencia Ramírez, Darío Fajardo, Juana Escobar y Claudia Leal. Y, claro, se sirvió de textos modélicos como los de Orlando Fals Borda, Alfredo Molano o Germán Castro Caycedo.

Escarbó en la Biblioteca Nacional de Francia y en la Luis Ángel Arango hasta encontrar pasajes literarios con referencias puntuales a estas zonas siempre extrañas, mitificadas o estigmatizadas por quienes vivimos en los conglomerados urbanos y semiurbanos.

A lo largo de trescientas páginas, la autora contrasta esas ‘verdades de a puño’ que se han repetido por años y se siguen iterando, aunque no sean reales. “Tierras de nadie”: casi todas con dueños ilegales. “Territorios nacionales”: los menos nacionales de todos. “Zonas de orden público”: las de más desorden. “Extensos baldíos despoblados”: regiones naturales bien habitadas.

La mezcla de relato académico, denso en algunas partes, con pasajes de la literatura nacional, internacional y hasta con un extracto de una obra de teatro, aligeran la lectura y la convierten en una pieza de singular belleza, de la que suelen carecer los trabajos de grado, así sean de doctorado.

El revés de la nación (2003) se convirtió en libro en el 2005, ganó el importante premio Alejandro Ángel Escobar en Ciencias Sociales en 2006, fue reimpreso en 2011 y en hoy está agotado. Un recorrido inusual para un texto académico… ¿A qué lo atribuye?

Efectivamente, el libro ha venido despertando cada vez más interés. Su actualidad se debe a la vigencia del problema que allí se discute: el de por qué pensamos una serie de regiones y lugares como ‘territorios salvajes, fronteras y tierras de nadie’, es decir, cómo lugares por fuera del control del Estado, con altas tasas de violencia, son nombradas de esa manera. Se trata de regiones que consideramos ‘periféricas’ y ‘abandonadas’ por parte del Estado.

Se puede decir que fue un libro pionero en este tema. En los últimos años, el problema de las ‘fronteras internas’ ha adquirido gran importancia no solo en Colombia y Latinoamérica, sino en el mundo entero. Este interés creciente se debe a que estas regiones, consideradas ‘marginales’, hoy se reconocen como centrales: no gratuitamente en estas zonas se concentran los pocos bosques tropicales que quedan en el mundo y por lo tanto la biodiversidad, así como recursos claves para claves para el futuro del planeta: el agua, el oxígeno. Son regiones, como la Amazonia o la Orinoquia, que están por eso mismo en el ojo del huracán pues se hallan en el centro de una nueva y brutal ola extractivista de recursos a escala global.

El estilo que estrenó para desarrollar sus tesis etnográfica, sociológica, antropológica, política, geográfica es ingenioso y muy envolvente. Cruzar textos históricos, periodísticos, literarios y de científicos sociales para ilustrar sus afirmaciones o rebatir las de otros tuvo que ser muy complicado. ¿Cómo lo logró?

Creo que al contrario: fue precisamente el yuxtaponer distintos tipos de textos y conjugar una perspectiva multidisciplinaria lo que me permitió desarrollar e ilustrar el argumento que expongo en el libro, que busca mostrar en últimas nuestra incapacidad para realmente ver y comprender qué sucede en estas regiones, pues lo que prima es una serie de prejuicios y preconcepciones, como la noción de que estas son ‘regiones naturales’ y no formaciones sociales, que nos impiden conocer la historia, la geografía y las gentes que las habitan, así como las intervenciones del Estado y las formas económicas que allí han prevalecido.

Lo que hago en el libro
es controvertir ideas, mostrando que este abandono de estos territorios es un mito que nos lleva a hacernos las preguntas erradas.

Su paso como funcionaria por diversas áreas del país y su formación profesional multidisciplinaria de arquitecta, geógrafa y antropóloga la hacen conocedora en profundidad del país. ¿Esa veteranía enriqueció su relato?

Efectivamente, mi experiencia profesional primero en la llamada ‘Ciudad Perdida’ en la Sierra Nevada de Santa Marta y luego con el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) y la Red de Solidaridad Social, programas cuyo objetivo era fortalecer la acción social del Estado en zonas donde supuestamente este nunca había hecho presencia, fue la que inspiró este trabajo.

Desde esos años he reflexionado sobre la idea de ‘la ausencia del Estado’: esta idea es una de las explicaciones más generalizadas, tanto en el sentido común como en la academia, de lo que algunos llaman la ‘conflictividad económica y social’ del país, situándola en una geografía particular, una ‘geografía de la violencia’: en las periferias del país y de sus ciudades.

Se supone que esta geografía de la violencia es resultado de que allí nunca ha habido ni Estado ni inversiones de capital. Lo que hago en el libro es controvertir esta idea mostrando que esta ausencia/abandono es un mito (pues el Estado y el capital si han estado presentes de muchas formas en estas regiones), y es un mito que nos lleva a hacernos preguntas equivocadas.

De manera muy concreta, ¿podría definir cómo ha sido la presencia del Estado y de capital en esas zonas abandonadas ‘a la mano de Dios’, como estamos acostumbrados a denominarlas?

Los ejemplos de la presencia consistente del Estado y el capital en este tipo de regiones son muchísimos. Se pueden resaltar algunos: primero, el pase mágico por medio del cual el Estado declara las tierras y territorios de indígenas, campesinos y afrodescendientes como “baldíos de la nación” para facilitar su apropiación por agentes externos. Hasta hoy seguimos pensando que en el país hay ‘baldíos’ (no es sino recordar las tristemente célebres palabras de Gabriel Vallejo cuando, siendo ministro de Ambiente, declaró que en Chiribiquete no hay vida humana, solo los indígenas que viven allí).

Segundo, la imposición jurídica de la ideología de la ‘mejora’, que consagra las formas capitalistas modernas de uso de la tierra como las únicas válidas y legítimas, lo que equivale a condenar las formas de uso de la tierra de los indígenas y pequeños campesinos (que producen bosques y biodiversidad en vez de monocultivos: desiertos de una sola especie).

Tercer ejemplo: el Estado ha favorecido en estas regiones, por medio de diversas políticas, la lógica del desarrollo extractivista, que se materializa en la lógica de las vías de penetración, por encima de la articulación y el desarrollo local. Lo podemos ver hasta hoy por ejemplo en la ley de Zidres.

Cuarto: el Estado ha delegado su presencia históricamente en manos privadas: corporaciones religiosas, misiones, educación contratada, en las estructuras del gamonalismo regional y hasta en grupos empresariales (por medio de concesiones, adjudicaciones, contratos en los que, de hecho, se cede el manejo territorial).
Podría mencionar otros ejemplos: la política permanente de genocidio indígena, que históricamente ha incluido hacer acuerdos con ellos para incumplirlos, la ‘pacificación’ militarizada y paramilitarizada, la tradición de ‘hacer la vista gorda’ con los abusos; la lista es larga y podría seguirla.

Después de trabajar sobre Colombia amplié mi trabajo sobre las fronteras a escala latinoamericana y es impresionante ver cómo son de consistentes estas formas de política e intervención en el continente.

Margarita Serje

Margarita Serje es escritora y profesora titular de Antropología de la Universidad de los Andes.

Foto:

Mauricio Moreno. EL TIEMPO

En su indagación por esas lejanías, las mujeres son las grandes ausentes. ¿Son ellas invisibles, así como las labores que cumplen como reproductoras, cuidadoras, encargadas del hogar y del trabajo agrícola, pero sin ninguna injerencia social, política, económica, guerrera?

Me han señalado en varias ocasiones que en ese trabajo están ausentes no solo las mujeres, sino los afrodescendientes e incluso los campesinos, pues me centro mucho, sesgo de etnóloga, en los pueblos indígenas. Sin embargo, yo quisiera señalar que este libro no pretende describir específicamente cada una de estas regiones y sus habitantes, que son, entre otras cosas, más de la mitad del país: La Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta, Perijá-Catatumbo, Serranía de San Lucas, Magdalena Medio, Chocó-Pacífico, la Amazonia y la Orinoquia.

Lo que hago en el libro es mostrar cómo las hemos pensado y cómo las hemos intervenido, más que describirlas, lo que hago en el libro es relatar cómo las hemos imaginado, y cómo esa forma de concebirlas nos ha llevado ha establecer, como país, una relación de tipo colonial con ellas.

Y, efectivamente, las mujeres, como los indígenas, los afros, los pequeños campesinos, los colonos han estado ausentes de la forma como el país imagina su inmarcesible ideal de progreso y de futuro.

La agitación social de estos meses ha visibilizado a cientos de jóvenes de barrios populares muy pobres y segregados. ¿Esto no la ha hecho pensar que en las grandes ciudades habitan también cientos de hombres y mujeres muy parecidos a los colonos que se establecen en esas lejanías?

Efectivamente, la existencia de estas zonas supuestamente por fuera del ámbito del Estado y de la economía se pueden identificar en distintas escalas, no solo a escala nacional, sino, claro está, a escala urbana: también en las ciudades aparecen estas zonas ‘rojas’ igualmente ‘abandonadas’, cuyos habitantes se ven relegados a ser ciudadanos de tercera clase (lugares donde no se recoge la basura, no hay centros de educación superior o técnica, teatros, etc.).

Esto nos pone de presente que el ‘aislamiento’, la ‘incomunicación’ o el ‘abandono’ son efecto de las políticas y no características intrínsecas de estos lugares o de sus pobladores.

MYRIAM BAUTISTA
PARA EL TIEMPO



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