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La periodista feminista Lydia Cacho habla de cómo la torturaron – Latinoamérica – Internacional

Written by on February 27, 2022


“Era esquizofrénico: lo mismo me hablaban con un tono amable y respetuoso que con insultos y explicaciones de cómo yo era su regalito y nos íbamos a divertir mucho en el viaje”. La periodista Lydia Cacho (México, 1963) contó en Memorias de una infamia (Debate) la brutal experiencia que sufrió cuando fue secuestrada, abusada y torturada en 2005, una pesadilla que comenzó con una odisea de 1.500 km a bordo de una camioneta y continuó con su detención. 

El horror ocurrió tras la publicación de Los demonios del Edén, una investigación donde denunciaba una red internacional de pornografía infantil y de trata. La periodista mexicana es una de las profesionales más premiadas del mundo. Obtuvo en Inglaterra el Thompson Reuters Honorary Journalist Award, el Human Rights Watch y el Premio Mundial de la Libertad de Prensa Unesco, entre más de medio centenar de distinciones.

En 2019 dos sicarios ingresaron en su casa y logró escapar “con lo puesto”. Cacho vive exiliada en España, donde el gobierno de Pedro Sánchez le acaba de otorgar la ciudadanía “por el riesgo evidente para su vida” que implicaría regresar a su país.
En La infamia, obra dirigida por José Martret, el Teatro Español montó una versión teatral de su aberrante experiencia, que asegura es la que padecen muchas otras periodistas en todo el mundo, y destaca la crítica situación que se vive en México. “En estos años he perseguido a los mafiosos, he intentado que los encarcelen, he testificado contra pederastas y tratantes de niños y mujeres”, asegura, infatigable, desde su exilio en Madrid, una experiencia que también ha sido desgarradora.

Han pasado dieciséis años de su secuestro y tortura. ¿Cómo convive con las secuelas de aquel episodio? ¿Qué la ayudó a superar el trauma?

Soy hija de una psicóloga feminista y mi madre desde niña siempre me habló sobre la importancia de la salud mental, del equilibrio interior, de lo que quieres, de lo que necesitas, de aprender a pedir ayuda. Aunque no siempre sé pedir ayuda. Como buena feminista, a veces soy mejor para aleccionar. Toda la vida he ido a terapia. Cuando salí de la cárcel, después de la tortura, mi terapeuta me recomendó una especialista en tortura, un grupo de psicoterapeutas argentinas, chilenas, casi todas latinoamericanas. Fue fundamental para poder procesar el tema de la tortura, no solo psicológicamente, sino también con todo lo que tiene que ver con el cuerpo porque te quedan huellas energéticas y emocionales. De repente me di cuenta de que podía contar la historia sin que me doliera. Me di cuenta de que ya era una sobreviviente. Es muy complicado poder explicar el estrés postraumático severo que te deja el ser activista, feminista y periodista porque tiene una serie de complejidades brutales. Encima de todo ello está la carga social que tenemos las mujeres que es la de proteger a las víctimas, a tu familia, a tus amistades de la carga emocional que causa tu trabajo. Eso no lo hacen los hombres. Esta carga ha hecho mucho más difícil mi trabajo. Mi hermana, psicóloga, me dijo una vez: “Ya deja de pedir perdón por hacer sufrir a los demás”.

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¿Qué emoción le generó La infamia, ver en escena los violentos sucesos de su secuestro? ¿Por qué decidió adaptar su caso para el teatro?

El periodismo es militante, si lo hace por los derechos humanos, pero el periodismo militante político se convierte en una contradicción profunda de los valores del verdadero periodismo

Soy parte de la creación de la obra teatral. Ha sido una especie de exorcismo muy importante para mí y para algunas de las víctimas, incluso para la gente más cercana a mí. Conocí a José Martret y leyó Memorias de una infamia. Empezamos a trabajar con un primer borrador de la obra, fragmentos de mi propia voz. Ha sido un proceso liberador, una experiencia lindísima, aunque suene raro, porque la gente piensa que es una experiencia dura, pero es todo lo contrario. El teatro es una herramienta del arte que no te da tregua. Uno puede estar frente a una pantalla viendo una serie y la corta, la apaga, le pone mute; aquí, no. Aquí lo tienes en la cara y lo procesas como puedes.

Lydia Cacho

Logró salvarse del ataque en su hogar y desde entonces vive en el exilio. ¿Qué es el exilio para usted?

Cuando tenía dieciocho años tenía clarísimo que quería dar la vuelta al mundo, escribiendo y pintando. Estudié un año en París y me pagaba mis estudios limpiando casas. Vivir así era muy emocionante. De pronto, ahora, que ya tienes una carrera formada, que ya había construido mi casa en un pueblito pequeñito con mis gallinitas, entraron los sicarios en mi casa a matar a mis perritas y a sacarme a balazos. A esta edad el viaje es distinto, porque te expulsa tu país. Te expulsan no solo los políticos, sino también todo el entorno de la impunidad. La pandemia hizo más evidente la soledad, esta sensación de soledad. Llegué a finales de 2019 y todas las noches me quedaba llorando. Fui a un médico, argentino, para tratar el estrés postraumático. Él se exilió cuando era muy joven. Me dijo que además de todo lo que tenía, físicamente, como secuela de la tortura, tenía “el mal del exiliado”. “Has dejado la mitad de tu corazón en tu país y la otra la traes contigo. Te recomiendo que busques traer aquí la otra mitad de tu corazón”, me dijo.

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He buscado en Los demonios del Edén alguna mención a la Argentina, pero no la he encontrado. ¿Esta red de prostitución infantil también tenía brazos en nuestro país?

La pandemia ha facilitado a los gobiernos populistas de todo el mundo imponer y controlar los estados de alarma para tratar de silenciarnos

Cuando investigaba este grupo de políticos y empresarios libaneses, mexicanos, norteamericanos, todos los que integran esta red que aparece en Los demonios del Edén siempre salía el nombre de Raúl Martins, un exagente de la SIDE. Él llegó a Cancún con una fortuna opaca y es hasta la fecha el único dueño de prostíbulos en la zona de Cancún. No está esta información en el libro, pero sí en Esclavas del poder (Debate). (“El argentino actualmente es responsable de The One, en Cancún, y Maxim, de Playa del Carmen, en los que unas 150 mujeres ejercen la prostitución de manera cercana al semiesclavismo”, escribió allí Cacho). Y luego me llamaron a declarar. Fui casi en secreto (en 2013) a la Argentina. Fui con un escolta del avión a testificar y de testificar al avión. Estaba todo el mundo aterrado. Me pusieron tres agentes del Estado, policías especializados. Llevé la evidencia que tenía y testimonios de chicas argentinas que terminaron en prostíbulos en México. Supe que la jueza Servini de Cubría siguió con el caso.

En la Argentina el narcotráfico ha ganado terreno y poder en algunas zonas. ¿Es solo una decisión política? ¿Qué puede hacer como sociedad civil para evitar que se tome como rehén al país?

Desde hace más de una década, colegas activistas y periodistas, sobre todo mujeres, ya hablábamos de lo que estaba sucediendo en la Argentina, la semilla que se estaba sembrando con las redes internacionales de delincuencia organizada; no es solo narcotráfico, porque es muy serio el problema que tiene la Argentina, sino además lo que está ocurriendo con el tráfico de armas y sobre todo de personas. Tiene que costarles a los políticos ser partícipes del narco-Estado como ocurre en Bolivia, México, Guatemala, El Salvador, Venezuela. Es decir, el periodismo debe dejarlo en evidencia. En el caso de la Argentina, hay una sociedad civil superactiva. Desde ahí se puede trabajar muchísimo en la prevención de la trata. Casi nunca hablamos de la trata para esclavitud laboral y por ahí empiezan a funcionar estas redes que van dejándole dinero legal para poder hacer blanqueo de capitales, como las maquiladoras en México. Además, la crisis económica que ha dejado la pandemia está fortaleciendo el consumo y el tráfico de drogas. Para muchos es un poco moralista, pero a mis amigos que consumen marihuana o cocaína yo les digo: “Lo que estás haciendo es consumir parte de un homicidio. Son drogas ensangrentadas”. No podemos subestimar el poder del periodismo en estos temas. Me propusieron testificar en el caso Epstein, porque tengo varios testimonios, y el agente que me contactó me dijo: “Sin el trabajo del periodismo, si no siguiéramos sus pistas, no tendríamos nada”.

¿Ha utilizado el populismo la pandemia a su favor?

La pandemia ha facilitado a los gobiernos populistas de todo el mundo imponer y controlar los estados de alarma para tratar de silenciarnos, para acallar movimientos sociales, para que la gente no salga a la calle. Estamos agotadas, deprimidas con la pandemia. Quien diga que no se deprimió con estos dos años miente. Hay una depresión colectiva. Tenemos un agotamiento psicológico. La gente está vibrando en esa energía negativa todo el tiempo y los gobiernos la están utilizando para que nos quedemos allí. El tapabocas, para el periodismo, es también simbólico. Creo que los gobiernos populistas son muy oportunistas y se están aprovechando de esta crisis para silenciarnos. La autocensura es el gran peligro de este momento.

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¿Cómo lidia con la autocensura?

Pareciera que no hay ningún otro tema más importante que las muertes por covid, pero seguimos viviendo los demás temas, como la trata, la violencia, a pesar de la pandemia. El periodismo tiene que salir de la dinámica del poder y entender que la autocensura no es una opción.

En 2019, cuando Andrés Manuel López Obrador ya era presidente, el gobierno le pidió perdón por la violación que usted había padecido a sus derechos humanos. Era el comienzo de la gestión del mandatario. ¿Qué ocurrió luego? Hoy usted es crítica de su gestión.

Yo no entro en esta dinámica de poder

Tuve que sacar mi caso fuera del país porque llegamos a un grado de impunidad con el que era imposible seguir adelante. Lo llevé a las cortes internacionales y allí gané. Ginebra ordenó al Gobierno mexicano –eran los últimos meses del gobierno de Enrique Peña Nieto, el expresidente del PRI– que se ofrecieran disculpas. Se tenía que reconocer que el Estado mexicano fue partícipe de la tortura de una periodista para castigarla por haber revelado una red de pornografía infantil y trata. El equipo de Peña Nieto lo sopesó y dijeron que él ni de broma lo haría, porque él está vinculado con parte de esta red. López Obrador no estaba vinculado con esta red y su gobierno obedeció. Está el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, un hombre que viene de la sociedad civil, y él organizó el pedido de perdón, porque era su responsabilidad.

Para mí no fue un acto ni personal ni emocional. Era un acto institucional indispensable para que el Estado reconociera públicamente conmigo y con mis amigas que ya no están vivas lo que el Estado nos está haciendo a las periodistas y a las activistas por decir la verdad. El Presidente no estuvo presente. De eso se trataba. Y, por otro lado, soy una mujer progresista y de izquierda, pero este no es un gobierno de izquierda. El gobierno está haciendo una coalición extrañísima. Es como los gobiernos anteriores. Y mi trabajo como periodista es decir la verdad, no hacer política ni favorecerme del partido en el poder como lo están haciendo algunos amigos míos de izquierda, que están supercómodos. Yo no entro en esta dinámica de poder.

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¿Cómo explica el hecho de que haya, no solo en América Latina, periodistas militantes, aquellos que defienden a un gobierno o partido?

El periodismo tiene que ser un contrapoder. Y eso significa no avalar ningún acto político, ninguna acción desde el poder. El periodismo es militante, si es que milita por los derechos civiles, por los derechos humanos, pero el periodismo militante político se convierte en una contradicción profunda de los valores del verdadero periodismo, porque si haces algo sin ningún tipo de crítica, sin ningún tamiz, estás mintiendo también. No tiene nada de malo que seas un periodista que trabaja como un jefe de prensa, pero el problema está cuando te la estás dando de periodista superprogre, pero eres incapaz de hacerle una crítica al gobierno en el que crees. Yo voté por López Obrador y voté por él porque no solamente pensaba que haría lo correcto, sino también porque era el único candidato viable para México. Si hubiésemos votado al loco del PAN (Ricardo Anaya), estaríamos con una ultraderecha tipo Vox en España. Tengo grandes amigos que hoy no me dirigen la palabra por mi crítica al gobierno. Pero, si se es una persona de izquierda, es importantísimo ser crítico. El hecho de dejar de hacer esta crítica y análisis sociocrítico hace que ellos crean que todo lo están haciendo bien porque se crea una burbuja a su alrededor. La izquierda es la última que debería hacer eso porque supuestamente es la que rompe con los paradigmas del poder tradicional. Está falseando la verdad, pero además está traicionando la propia causa de la izquierda.

LAURA VENTURA
PARA LA NACION (ARGENTINA) – GDA



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