La globalización, en el banquillo – Europa – Internacional

Written by on August 2, 2020

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La pandemia ha intensificado la ola de cuestionamientos contra este esquema, en el cual hoy se mueve el grueso de la economía mundial. Javier Solana, Dani Rodrik y Kenneth Rogoff analizan los riesgos y las oportunidades en una eventual reconfiguración de este modelo –que muchos consideran urgente– y plantean qué hay que hacer. Pensamiento.

‘Hay que avanzar, hay que mejorarla’: Javier Solana

Javier Solana

Javier Solana, ex Alto Representante para la Política Exterior y la Seguridad Común de la Unión Europea. Fue Secretario General de la OTAN.

Desde que comenzó la pandemia, mucho se ha escrito sobre la globalización, sus inconvenientes en momentos de disrupción globales y las supuestas bondades de un repliegue hacia el ámbito nacional. En este sentido, como en muchos otros, la crisis del covid-19 ha acelerado tendencias preexistentes. De hecho, la ratio del comercio respecto al PIB global –uno de los principales indicadores asociados a la globalización– ha seguido una tendencia descendente desde 2012, y los movimientos políticos antiglobalistas llevaban ya tiempo incrementando su popularidad.

La globalización ha
dado lugar a frustraciones e
inquietudes perfectamente lícitas, y no podemos conformarnos con recordar los enormes beneficios agregados que ha comportado.

Estos movimientos tienen algunos motivos de peso para desconfiar de la globalización, y más en estos momentos. La escasez de material esencial ha demostrado que las actuales cadenas globales de valor –con una excesiva concentración de proveedores y sin acumulación de stocks– son muy poco resilientes. Esto se suma a que, como ya se venía recordando, la globalización ha generado perdedores a escala nacional, especialmente en los países desarrollados.
Estados Unidos es un caso particularmente llamativo: la renta media del 50 por ciento más pobre se vio reducida entre 1980 y 2010. La deslocalización productiva no es ni mucho menos el único factor que explica este fenómeno (los efectos de la automatización sobre la desigualdad se pasan por alto demasiado a menudo), pero su papel ha sido significativo.

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Conviene, sin embargo, no caer en la tentación de plantear enmiendas a la totalidad. Los axiomas de Adam Smith sobre la especialización productiva y de David Ricardo sobre las ventajas comparativas son tan ciertos ahora como hace siete meses, o como hace doscientos años. En su conjunto, la globalización ha sido claramente beneficiosa, sacando a millones de la pobreza, con lo que el foco de nuestra acción política debería situarse en reformarla, no en destruirla.

Combatir las desigualdades

Para empezar, las organizaciones económicas de integración regional deben potenciar el desarrollo de cadenas regionales de valor para bienes de gran relevancia estratégica; no solamente los chips electrónicos, sino productos de primera necesidad como la comida. Evitar una nueva situación de escasez requerirá una transición de un modelo just-in-time (justo a tiempo) a uno just-in-case (por si acaso), que priorice la seguridad de abastecimiento. Pero eso no pasará necesariamente por adoptar posturas autárquicas –con las implicaciones políticas y económicas que eso acarrea–, sino por dotar de un mayor grado de diversificación a las redes de suministro global.

Asimismo, debemos seguir promoviendo un cambio de paradigma a nivel doméstico que nos permita combatir las enormes desigualdades intrapaís que han surgido. Las autoridades nacionales y locales han de establecer mecanismos de protección adecuados para salvaguardar los derechos fundamentales de sus trabajadores y ofrecerles la perspectiva de un futuro digno. Puede contemplarse, entre otras cosas, la adopción de sistemas de renta mínima (ya implementados en muchos países), la inversión en formación profesional y académica en los sectores económicos del futuro, y el lanzamiento de programas de empleo público en el desarrollo de la transición ecológica.

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Por otro lado, hay que abordar urgentemente los puntos flacos del sistema comercial mundial. Para ello, el nombramiento en unos meses de un nuevo director general de la Organización Mundial del Comercio será clave. Quienquiera que sea elegido tendrá la ardua tarea de resucitar una organización lastrada por el rotundo fracaso de la Ronda de Doha, la actual potestad de sus Estados miembros para autodeclararse como países desarrollados o países en vías de desarrollo (sin que existan criterios objetivos), y la parálisis del Órgano de Apelación, elemento troncal del sistema de solución de diferencias comerciales. Sin un correcto funcionamiento de este sistema, los riesgos de que se propaguen las guerras comerciales aumentan exponencialmente.

Ampliar la mirada

Cuando hablamos de globalización, hoy nos referimos fundamentalmente al auge del comercio internacional y al movimiento libre del capital financiero. No obstante, como bien señala el economista Dani Rodrik, premio princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2020, no hay motivo para que la globalización se circunscriba a estos ámbitos. Más allá de lo económico, resulta esencial profundizar en la gobernanza compartida de los llamados bienes públicos globales, de forma que dicha gobernanza se convierta en uno de los principales vectores de la cooperación internacional.

Amenazas tan graves y generalizadas como la que representa la pandemia de covid-19, así como el cambio climático, únicamente pueden afrontarse de forma efectiva a nivel global. Las acciones que operadores económicos y gobiernos nacionales emprendan por sí solos para remediar estos males no bastarán: la suma de iniciativas unilaterales nunca sustituye al multilateralismo.

A nivel medioambiental es vital reconocer que atajar el cambio climático representará la lucha de nuestro siglo.

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La prevención de pandemias y otros riesgos a la salud pública solamente puede asegurarse a través de una Organización Mundial de la Salud empoderada en términos políticos y económicos. Como es obvio, la irresponsable decisión del presidente Trump de retirar a Estados Unidos de la OMS va en la dirección opuesta, y solo puede entenderse desde un prisma electoralista. Frente a estos desmanes, urge explorar cauces de reforma razonables que pasarían por revisar la financiación de la OMS, aumentando las contribuciones obligatorias de los Estados miembros. Y es que, de acuerdo con los montantes actualmente previstos para el bienio 2020-2021, el mayor contribuyente a la OMS no será un Estado, sino un donante privado: la Fundación Gates. Además de corregir estos inaceptables desajustes, habría que dotar a la organización de personal suficiente y capacidades reales de inspección e imposición de sanciones vinculantes, y garantizar que en el desarrollo de su labor impere siempre la ciencia sobre los intereses nacionales.

A nivel medioambiental es vital reconocer que atajar el cambio climático representará la lucha de nuestro siglo. Deben fomentarse las colaboraciones público-privadas en la transición a un modelo productivo sostenible, reconociendo que la adopción de una economía verde no solo favorecerá a generaciones futuras, sino que es rentable incluso a corto plazo. El contexto actual nos brinda la oportunidad de implantar una condicionalidad verde en todos los instrumentos de recuperación económica que pongamos en funcionamiento, como ocurrirá con el histórico fondo de recuperación que los líderes europeos acaban de acordar.

También debe darse mayor protagonismo a actores que a menudo quedan relegados a un segundo plano en el debate público sobre esta cuestión, como son las ciudades. Sirva de ejemplo e inspiración la iniciativa C40 de 96 ciudades globales aliadas en la lucha contra el cambio climático.

Invertir en una recuperación económica que ignore la necesidad de avanzar hacia la descarbonización es contraproducente. Tratar de acaparar las futuras vacunas contra el coronavirus impidiendo una distribución equitativa no acabará con la amenaza sanitaria y económica que supone la pandemia. Optar por el proteccionismo y por un repliegue nacional desaforado supone aplicar recetas de ayer al malestar de hoy. La globalización ha dado lugar a frustraciones e inquietudes perfectamente lícitas, y no podemos conformarnos con recordar los enormes beneficios agregados que ha comportado. Pero nuestra apuesta no debería centrarse en fomentar una menor globalización, sino en construir con templanza, rigor y ambición compartida una mejor globalización.

(Además: ‘Es una gran oportunidad para actuar y que el mundo cambie’)

Javier Solana
Ex Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Seguridad Común, secretario general de la Otán y ministro de Asuntos Exteriores de España, entre otros cargos. Actualmente es presidente del Centro para la Economía Global y la Geopolítica en la Brookings Institution. 
© Proyect Syndicate.
Madrid.​

Los peligros de una desglobalización:  Kenneth Rogoff

Kenneth Rogoff

Kenneth Rogoff, execonomista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Foto:

Cortesía Asobancaria

Todo indica que la economía mundial pospandemia será mucho menos globalizada, con un rechazo de las dirigencias y de las poblaciones a la apertura como no se ha visto desde las guerras de aranceles y devaluaciones competitivas de la década de 1930. Y esto traerá consigo no solo menos crecimiento, sino también una reducción significativa del producto nacional en todas las economías, salvo, tal vez, en las más grandes y diversificadas.

En su profético libro de 2001 ‘El fin de la globalización’, el historiador de la economía Harold James (Princeton) relata el derrumbe de una era anterior de integración económica y financiera global bajo la presión de hechos inesperados acaecidos durante la Gran Depresión de los años treinta, que culminaron en la Segunda Guerra Mundial. Hoy parece que la pandemia de covid-19 está acelerando otro proceso de desglobalización.

Una sobrerreacción desglobalizadora puede generar muchos más perjudicados que beneficiados.

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La retirada actual comenzó con la victoria de Donald Trump en la elección presidencial estadounidense de 2016, que llevó a una guerra de aranceles entre Estados Unidos y China. Y es probable que el efecto negativo a largo plazo de la pandemia sobre el comercio internacional sea todavía mayor, en parte porque los gobiernos son cada vez más conscientes de la necesidad de considerar la capacidad de los sistemas de salud pública como un imperativo de seguridad nacional.

Serios riesgos

El riesgo actual de una debilitante sobrerreacción desglobalizadora al estilo de los años treinta es enorme, en particular si continúa el deterioro de la relación sinoestadounidense. Y es absurdo pensar que una desglobalización caótica al calor de una crisis no introducirá nuevos problemas mucho peores.

Incluso Estados Unidos, con su muy diversificada economía, una tecnología de avanzada y una sólida base de recursos naturales, puede sufrir una reducción significativa del PIB real como resultado de la des-globalización.

Para economías más pequeñas y países en desarrollo que en muchos sectores no llegan a tener una masa crítica y que a menudo carecen de recursos naturales, la ruptura del comercio internacional implica revertir muchas décadas de crecimiento. Y esto sin haber considerado el impacto duradero de las medidas de distanciamiento social y cuarentena.

El difunto economista Alberto Alesina, una figura imponente en el campo de la economía política, sostuvo que para un país bien gobernado en la era de la globalización, la pequeñez puede ser una ventaja. Pero en la actualidad, los países pequeños sin una alianza económica estrecha con un Estado de mayor tamaño o una unión de estados se enfrentan a enormes riesgos económicos.

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Es verdad que la globalización generó desigualdad económica entre los más o menos mil millones de personas que viven en las economías avanzadas. La competencia comercial asestó un duro golpe a los trabajadores con bajos salarios en algunos sectores, aunque al mismo tiempo abarató los bienes para todos. Y puede decirse que la globalización financiera tuvo un efecto aun mayor, al aumentar las ganancias de las multinacionales y ofrecer a los ricos nuevos instrumentos muy rentables para la inversión en el extranjero, sobre todo desde 1980.

Fuera de las economías avanzadas, allí donde vive
el 86 % de la población mundial,
el capitalismo global sacó a miles de millones de personas de la pobreza extrema.

Revisiones, pero cuidadosas

En su exitoso libro de 2014, El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty apunta a la creciente desigualdad de ingresos y riqueza como prueba del fracaso del capitalismo. Pero ¿fracaso para quiénes? Fuera de las economías avanzadas, allí donde vive el 86 % de la población mundial, el capitalismo global sacó a miles de millones de personas de la pobreza extrema. De modo que no hay duda de que una sobrerreacción desglobalizadora puede generar muchos más perjudicados que beneficiados.

Se requieren revisiones, pero con cuidado. Es verdad que el modelo actual de globalización necesita ajustes, en particular un gran fortalecimiento de la red de seguridad social en las economías avanzadas y (en la medida de lo posible) también en los mercados emergentes. Pero crear resiliencia no es lo mismo que descartar todo el sistema y empezar de cero.

A Estados Unidos la desglobalización puede perjudicarlo más de lo que algunos de sus políticos (de derecha y de izquierda) parecen comprender. Para empezar, el sistema global de comercio forma parte de un acuerdo por el que EE. UU. obtiene la hegemonía de un mundo en el que la mayoría de los países, incluida China, tienen motivos para hacer que el orden internacional funcione.

(Además: Trump anuncia que prohibirá a TikTok en EE. UU.)

Es verdad que el modelo actual de globalización necesita ajustes (…) Pero crear resiliencia no es lo mismo que descartar todo el sistema y empezar de cero.

Y dejando a un lado las derivaciones políticas, la desglobalización también plantea riesgos económicos para EE. UU. En particular es probable que muchos de los factores favorables que hoy permiten al Gobierno y a las corporaciones estadounidenses endeudarse mucho más que sus homólogos de cualquier otro país estén vinculados con el papel central del dólar dentro del sistema. Y hay una amplia variedad de modelos económicos que muestran que el aumento de aranceles y fricciones comerciales trae consigo una reducción al menos proporcional de la globalización financiera. Esto, además de una enorme caída de las ganancias de las multinacionales y del valor de las bolsas (algo que tal vez sea del agrado de algunos), también puede provocar una significativa reducción de la demanda extranjera de títulos de deuda estadounidenses.

No sería una situación ideal en un momento en que Estados Unidos necesita endeudarse a gran escala para preservar la estabilidad social, económica y política. Así como la globalización ha sido un factor importante de los bajos niveles actuales de inflación y tipos de interés, revertir el proceso puede presionar sobre los precios y las tasas en la otra dirección, sobre todo por el aparente shock de oferta duradero que provocará el covid-19.

No hace falta decir que nos aguardan otras batallas que demandan cooperación internacional, sobre todo el cambio climático. Será todavía más difícil motivar a las economías en desarrollo para que pongan límite a sus emisiones de dióxido de carbono si un derrumbe del comercio internacional debilita el mayor incentivo compartido que tienen los países para mantener la paz y la prosperidad global.
Y no hay que olvidar que todavía existe un riesgo enorme de que el covid-19 produzca una tragedia humanitaria en África y otras regiones pobres. ¿Es realmente un buen momento para reducir la capacidad de estos países para protegerse?

Incluso si Estados Unidos hace caso omiso de los efectos de la desglobalización sobre el resto del mundo, debe recordar que la abundante demanda actual de activos denominados en dólares depende en gran medida del enorme sistema comercial y financiero que algunos políticos estadounidenses pretenden achicar. Si se produce un exceso de desglobalización, ningún país estará a salvo.

(Lea también: Prioridades firmes para los Estados frágiles)

Kenneth Rogoff
Profesor de Economía y Política Pública en Harvard. Fue economista jefe del Fondo Monetario Internacional entre el 2001 y el 2003. 
© Proyect Syndicate.
Cambridge.

Pese a todo, una gran oportunidad: Dani Rodrik

Dani Rodrik

Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional y premio Princesa de Asturias 2020 en ciencias sociales.

Foto:

Ana María García. EL TIEMPO

La economía global se verá moldeada en los próximos años por tres tendencias. La relación entre los mercados y el Estado se reequilibrará, a favor de este último. Esto irá acompañado de un reequilibrio entre la hiperglobalización y la autonomía nacional, también a favor de esta última. Y nuestras ambiciones para el crecimiento económico deberán reducirse.

La economía mundial ya estaba en un camino frágil e insostenible, el covid-19 aclara los desafíos que enfrentamos y las decisiones que debemos tomar.

No hay nada como una pandemia para resaltar la insuficiencia de los mercados frente a los problemas de acción colectiva y la importancia de la capacidad del Estado para responder a las crisis y proteger a las personas.

La crisis del covid-19 ha aumentado las demandas de un seguro de salud universal, protecciones más fuertes en el mercado laboral y mejores garantías para las cadenas de suministro nacionales de equipos médicos críticos. Ha llevado a los países a priorizar la resiliencia y la confiabilidad en la producción sobre el ahorro de costos y la eficiencia a través de la subcontratación global. Y los costos económicos de los bloqueos crecerán con el tiempo, ya que el choque masivo de la oferta causado por la interrupción de la producción nacional y las cadenas de valor globales también produce un cambio descendente en la demanda agregada.

Esto venía de antes

Pero aunque el covid-19 refuerza y afianza estas tendencias, no es la fuerza principal que las impulsa. Los tres siguientes factores, una mayor acción del Gobierno, una retirada del hiperglobalismo y tasas de crecimiento más bajas, son anteriores a la pandemia. Y si bien podrían verse como un peligro significativo para la prosperidad humana, también es posible que sean presagios de una economía global más sostenible e inclusiva.

(Lea también: La necesaria gobernanza global)

Consideremos el papel del Estado. El consenso fundamentalista del mercado neoliberal ha estado en retirada durante algún tiempo. El diseño de un papel más amplio para el Gobierno en la respuesta a la desigualdad y la inseguridad económica se ha convertido en una prioridad central para los economistas y los encargados de formular políticas. Y si bien el ala progresista del Partido Demócrata en los Estados Unidos no alcanzó la nominación presidencial del partido, ha dictado en gran medida los términos del debate.

Joe Biden puede ser un centrista, pero en todos los frentes políticos: salud, educación, energía, medioambiente, comercio, delincuencia, sus ideas están a la izquierda de la anterior candidata presidencial del partido, Hillary Clinton. Como dijo un periodista, “el conjunto actual de prescripciones de políticas de Biden… se consideraría radical si se hubieran propuesto en cualquier primaria presidencial demócrata anterior”.

Biden puede no ganar en noviembre. E incluso si gana, es posible que no pueda o no quiera implementar una agenda política más progresista. Sin embargo, está claro que la dirección tanto en Estados Unidos como en Europa es hacia una mayor intervención estatal.

El alejamiento del fundamentalismo del mercado
bien podría tomar una forma genuinamente inclusiva centrada en una economía verde, buenos empleos y la reconstrucción de la clase media.

El rol del Estado

La única pregunta es qué forma tomará este Estado más activo. No podemos descartar un regreso a un dirigismo de estilo antiguo que logra pocos de sus resultados previstos. Pero el alejamiento del fundamentalismo del mercado bien podría tomar una forma genuinamente inclusiva centrada en una economía verde, buenos empleos y la reconstrucción de la clase media. Tal reorientación necesitaría adaptarse a las condiciones económicas y tecnológicas del momento presente, y no simplemente imitar los instintos políticos de las tres décadas doradas después de la Segunda Guerra Mundial.

El regreso del Estado va de la mano con la renovada primacía de los estados-nación. En todas partes se habla de desglobalización, desacoplamiento, llevar las cadenas de suministro a casa, reducir la dependencia de los suministros extranjeros y favorecer la producción y las finanzas nacionales.

La retirada de la hiperglobalización podría llevar al mundo por un camino de intensificación de las guerras comerciales y el aumento del etnonacionalismo, lo que dañaría las perspectivas económicas de todos. Pero ese no es el único resultado concebible.

Es posible imaginar un modelo de globalización económica más sensible y menos intrusivo que se centre en áreas en las que la cooperación internacional realmente valga la pena, incluida la salud pública mundial, los acuerdos ambientales internacionales, los paraísos fiscales globales y otras áreas.

Tal orden global no sería contrario a la expansión del comercio y la inversión mundiales. Incluso podría facilitar tanto en la medida en que abre el espacio para restaurar las negociaciones sociales internas en las economías avanzadas y elaborar estrategias de crecimiento apropiadas en el mundo en desarrollo.Quizás la perspectiva más perjudicial que enfrenta el mundo a mediano plazo es una reducción significativa en el crecimiento económico, especialmente en el mundo en desarrollo.

El costo y el desafío

Estos países han tenido un buen cuarto de siglo, con reducciones notables en la pobreza y mejoras en la educación, la salud y otros indicadores de desarrollo. Además de la enorme carga de salud pública de la pandemia, ahora se enfrentan a importantes conmociones externas: una interrupción repentina de los flujos de capital y una fuerte disminución de las remesas, el turismo y los ingresos por exportaciones.

Pero, una vez más, el covid-19 solo acentúa un problema de crecimiento preexistente. Gran parte del crecimiento en el mundo en desarrollo fuera del este de Asia se basó en factores del lado de la demanda, en particular la inversión pública y el auge de los recursos naturales, que eran insostenibles.

Los países en desarrollo ahora tendrán que confiar en nuevos modelos de crecimiento. La pandemia puede ser la llamada de atención necesaria para recalibrar las perspectivas de crecimiento y estimular el replanteamiento más amplio que se necesita.

(Además: América Latina: el reto de proteger vidas sin sacrificar libertades)

En la medida en que la economía mundial ya estaba en un camino frágil e insostenible, el covid-19 aclara los desafíos que enfrentamos y las decisiones que debemos tomar. En cada una de estas áreas, los formuladores de políticas tienen opciones. Son posibles mejores y peores resultados. El destino de la economía mundial no depende de lo que hace el virus, sino de cómo elegimos responder.

Dani Rodrik
Profesor de economía política internacional en Harvard y premio princesa de Asturias en Ciencias Sociales 2020. 
© Proyect Syndicate.
Cambridge.

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