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Joe Biden: Estados Unidos ha vuelto, pero ¿hasta qué punto? – EEUU y Canadá – Internacional

Written by on February 28, 2021




Joe Biden reiteró esta potente frase en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el 19 de febrero, donde propuso como estrategia principal recuperar y formar alianzas internacionales. No obstante, los desafíos que enfrenta son enormes y no verlo sería irracional.

(Le recomendamos: Carta abierta a Biden sobre la fiscalidad corporativa internacional).

Una batalla cuesta arriba

Por: Shlomo Ben-Ami

En el primer discurso sobre política exterior de su presidencia, Joe Biden tuvo un mensaje simple para el mundo: “Estados Unidos está de vuelta”. Pero restablecer la credibilidad de la diplomacia estadounidense e implementar una política exterior efectiva será una batalla cuesta arriba. A su favor hay que decir que Biden está tomando medidas para revertir muchas de las políticas más perjudiciales de Donald Trump. Como observó en su discurso, ya firmó los papeles para volver a sumarse al acuerdo climático de París y ha reanudado las relaciones con la Organización Mundial de la Salud.

Biden también anunció la suspensión de los retiros de tropas de Alemania planeados por Trump –un intento evidente de tranquilizar a los aliados europeos distanciados de Estados Unidos–. Asimismo, advirtió al presidente ruso, Vladimir Putin, que los días en que Estados Unidos “daba vuelta la cara frente a las acciones agresivas de Rusia… se terminaron”. Y prometió que Estados Unidos dejaría de apoyar la ofensiva liderada por los saudíes en Yemen y fortalecería la diplomacia para poner fin a la guerra catastrófica.

Al mismo tiempo, Biden parece inclinado a defender algunas de las políticas más sensatas de Trump. En particular, Trump fue firme en su deseo de evitar guerras “estúpidas e interminables” en Oriente Medio, y retiró las tropas estadounidenses de Siria, Irak y Afganistán, resignándose al retorno al poder de los talibán afganos.
Biden probablemente adopte una estrategia similar (aunque con matices, como lo prueba el caso de Afganistán): algo que sin duda comenzó con el antecesor de Trump, Barack Obama. Y por buenos motivos: Estados Unidos ha derramado grandes cantidades de sangre y dinero en Oriente Medio, y tiene muy pocos resultados que mostrar.

En cuanto al conflicto palestino-israelí, Biden ha refrendado los Acuerdos de Abraham negociados por Trump entre Israel y varios países árabes, aunque representaron un retroceso estratégico para la causa palestina. Si bien no se espera que respalde el espurio plan de paz palestino-israelí de Trump, también parece improbable que invierta mucho capital político en defender la solución de dos Estados.
Pero sigue habiendo pruebas importantes por delante para la política exterior.

Empezando por Irán, que Biden apenas mencionó en su discurso reciente (aunque esta semana bombardeó a una milicia proiraní en Siria). Durante su campaña, Biden prometió regresar al acuerdo nuclear iraní de 2015, el llamado Plan de Acción Integral Conjunto, que Obama negoció y Trump abandonó. Con este objetivo, la administración Biden tendrá que persuadir a Irán de dejar de enriquecer uranio más allá de los límites impuestos por el Plan y acordar nuevas negociaciones, antes de que Estados Unidos levante sus sanciones económicas penalizadoras al país. Por supuesto, Irán quiere que primero se distiendan las sanciones, pero un acuerdo es absolutamente alcanzable.

El mayor desafío será superar la resistencia de los aliados regionales de Estados Unidos, especialmente Israel, cuyo ejército ya se está preparando para una posible acción ofensiva contra Irán. La viabilidad estratégica de este tipo de ofensiva no es para nada clara. En 2012, el entonces ministro de Defensa israelí, Ehud Barak, concluyó que el programa nuclear de Irán ya se estaba acercado a la ‘zona de inmunidad’, donde un ataque no podría desbaratarlo, debido al “know-how, las materias primas, la experiencia y el equipamiento” acumulados por ese país.

De todos modos, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tiene un historial probado de saboteador, y la administración Biden debe tener cuidado de no permitirle retomar ese rol. A pesar de verse afectado por las sanciones, Irán conserva un poder de negociación considerable. Cuenta con el respaldo de Rusia y China, y Biden parece reconocer que Estados Unidos no se puede permitir entablar otra guerra en Oriente Medio.

Si bien Biden le dedicó algo de atención a Irán en su discurso, no mencionó a Corea del Norte en absoluto. Aquí, el dilema ya no es cómo revertir la nuclearización, sino más bien cómo mitigar cualquier amenaza a los aliados de Estados Unidos y al territorio estadounidense. La diplomacia ha fracasado de manera consistente y, considerando que una acción militar es sin duda una absoluta calamidad, la administración Biden tiene muy pocas opciones favorables.

Para Estados Unidos, la clave para equilibrar estos riesgos es centrarse en gestionar una competencia estratégica, no en hacer valer el predominio

(Además: Joe Biden le envió una carta a Duque confirmando su apoyo al país).

Finalmente, está el desafío de China. En su discurso, Biden prometió “confrontar” los abusos económicos de China, “contrarrestar su acción agresiva y coercitiva” y “rechazar” sus “ataques” a los derechos humanos, la propiedad intelectual y la gobernanza global. Pero también prometió trabajar junto con China “cuando hacerlo sea para beneficio de Estados Unidos”.

Transitar esta línea no será fácil. Una estrategia excesivamente mesurada le permitirá a China incursionar aún más en territorio de los aliados de Estados Unidos en Asia, erosionar el liderazgo de Estados Unidos en industrias de alta tecnología y desafiar la primacía del dólar estadounidense. Pero una estrategia excesivamente dura descartaría la cooperación tan necesaria en retos compartidos como el cambio climático, y aumentaría el riesgo de una confrontación militar potencialmente catastrófica.

Para Estados Unidos, la clave para equilibrar estos riesgos es centrarse en gestionar una competencia estratégica, no en hacer valer el predominio. Los días de la hegemonía estadounidense quedaron atrás y el sistema político disfuncional de Estados Unidos es incapaz de contrarrestar la estrategia de desarrollo de China, ni siquiera si mejorara su propia infraestructura obsoleta.

La única manera de frenar a una China cada vez más asertiva es a través de la cooperación con aliados empoderados. Afortunadamente, Biden es consciente de las deficiencias de Estados Unidos y ha prometido construir una alianza global de democracias precisamente con el objetivo de competir con China.
Pero fijar objetivos es solo el primer paso. Si Estados Unidos pretende trabajar de manera efectiva con aliados, sin hablar de competidores, necesita credibilidad. Y eso no abunda por estos días.

La credibilidad internacional de un país –y, por ende, la efectividad de su política exterior– debe construirse sobre cimientos domésticos sólidos. Pero, desde su respuesta fallida a la pandemia hasta el ataque al Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero, la disfunción política de Estados Unidos recientemente ha quedado expuesta a la vista de todos. La “ciudad sobre una colina” ha perdido su brillo.

La política exterior de Estados Unidos sufre de una inconsistencia endémica. Aun si Biden logra sellar acuerdos con aliados y competidores, ¿quién puede garantizar que su sucesor no los abandone, como hizo Trump durante su mandato? El Senado de Estados Unidos ha votado para absolverlo de incitar a la multitud el 6 de enero, de modo que Trump puede volver a postularse a la presidencia en 2024. Y bien podría ganar, sobre todo porque tal vez no enfrente a un candidato en funciones. (A los 78 años, Biden ya es el presidente de mayor edad en la historia de Estados Unidos).

(Puede leer: Tras ataque de EE. UU. en Siria, proiraníes prometen represalias).

De manera que, sí, Estados Unidos va camino a volver a integrarse al resto del mundo. Pero todavía está por verse si el poder de su ejemplo, como espera Biden, convencerá a los socios escépticos.

SHLOMO BEN-AMI
© Project Syndicate
Tel aviv(*) Exministro de Asuntos Exterioresde Israel y vicepresidente del Centro Internacional para la paz de Toledo.

Un buen comienzo con respecto a China

Por: Chris Patten

La nueva administración del presidente estadounidense, Joe Biden, ha comenzado a mostrar la dirección de su política hacia China. Hasta ahora, destacan tres acontecimientos alentadores, que sugieren que Estados Unidos no solo verá al enorme estado leninista de vigilancia como un competidor, sino como una amenaza decisiva para todas las sociedades libres.

Primero fue la declaración del secretario de Estado, Antony Blinken, de que el régimen comunista chino está cometiendo un genocidio contra los uigures musulmanes en la provincia de Xinjiang, al noroeste del país. Segundo, Jake Sullivan, asesor de seguridad de Biden, ha destacado la falta de cooperación plena de China con la misión de la Organización Internacional para la Salud que investigaba los orígenes del coronavirus en Wuhan y quizás en otros puntos del país. Si el Partido Comunista Chino (PCC) no tiene nada que ocultar, ¿por qué ha rechazado una vez más una actitud abierta acerca de la fuente de la pandemia?

Por último, y lo más importante, Biden ha dejado en claro su determinación de colaborar con socios para enfrentar los problemas globales. Ciertamente, el PCC está en esa categoría.

A pesar del mercantilismo jactancioso del expresidente estadounidense Donald Trump, el presidente chino, Xi Jinping, preferiría enfrentar a un Trump reelecto que a unos Estados Unidos liderados por Biden, por la sencilla razón de que lo último que desea China es que las democracias liberales se unan para limitar su deleznable conducta.
En lugar de ello, China quiere sacarse a sus críticos de a uno. Es lo que intentó con Australia cuando el gobierno del primer ministro, Scott Morrison, llamó a hacer una investigación independiente sobre los orígenes de la pandemia. Ahora que Biden reanudará el apoyo estadounidense al multilateralismo y a las organizaciones internacionales, las democracias del mundo deberían estar en mejor pie para poner fin a los groseros modales del Gobierno chino.

China calificará cualquier coalición de democracias liberales como un intento de lanzar una nueva guerra fría. No es nada de eso. China ha sido el agresor y las democracias deberían buscar modos de restringir y limitar su conducta peligrosa y dañina. Es necesario subrayar el hecho de que el régimen chino no solo se opone a los valores que sustentan las sociedades libres, sino que es absolutamente poco fiable, rompiendo su palabra cada que le conviene a Xi.

La cumbre del G7 que se celebrará en junio sería una buena instancia para comenzar las relaciones de socios que exige un mejor orden internacional. El Reino Unido hará de anfitrión, y debe intentar demostrar que todavía puede desempeñar un papel internacional valioso, incluso tras su perjudicial decisión de abandonar la Unión Europea.

Los países del G7 –EE. UU., el Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Italia y Japón– invitaron al encuentro a India, Australia y Corea del Sur, y espero que asistan también a las cumbres subsiguientes. Después de todo, las democracias comparten un interés en protegerse a sí mismas y a otros países de las arrogantes amenazas y violaciones de las normas internacionales que el PCC ha protagonizado.

Este nuevo G10 podría debatir la cooperación y colaboración internacionales en sectores de alta tecnología con vistas a evitar una excesiva dependencia de las exportaciones chinas. Y los gobiernos podrían compartir información sobre cómo enfrentar mejor el espionaje chino, el robo de propiedad intelectual y sus iniciativas de usar la colaboración en investigación para robar conocimientos útiles para el ejército chino y su estado totalitario.

Un nuevo G10, junto a otros países, además, debería colaborar más estrechamente con agencias de las Naciones Unidas como la OMS, así como con entidades de derechos humanos y políticas de desarrollo. Cada vez que China ataque las libertades, como lo ha hecho de manera tan evidente en Hong Kong o suprima la vida misma como en Xinjiang, debemos denunciarlo colectivamente.

(Siga con: Propuesta de salario mínimo de Biden recibe duro golpe en el Congreso).

De manera similar, debemos silenciosamente dejarle en claro a Xi que no nos quedaremos a un lado si China acrecienta sus hostilidades hacia Taiwán. Si bien no sería inteligente desafiar hoy la política de “una China”, deberíamos fomentar nuevos contactos con Taiwán y ejercer presión para que la isla sea un observador en la asamblea de la OMS. Taiwán es una democracia vibrante con un excelente historial de salud pública. Considerando los grandes aportes financieros que las democracias hacen a la OMS y el éxito de la detección temprana en Taiwán de la pandemia procedente de China, se merece que esta organización la trate de manera decente.
Además, los países de ese G10 que sean miembros de la Otán deberían fomentar que la alianza, liderada por su secretario general, desarrolle respuestas de políticas hacia los gestos crecientemente amenazantes de China en la región indo-pacífica.

Biden ha dejado muy clara su determinación de colaborar con socios para enfrentar los problemas globales. Y ciertamente, el PCC (Partido Comunista Chino) está en esa categoría

Finalmente, aunque las democracias liberales no siempre tienen las mismas prioridades de comercio e inversión, sí tienen el interés común de que la Organización Mundial de Comercio funcione con eficacia para garantizar la adherencia a sus normas acordadas y exigibles. Aquí, la administración Biden podría comenzar con el pie derecho al destrabar el nombramiento de nuevos jueces del cuerpo de apelaciones de la OMC que sentencia en las disputas comerciales entre países miembros.

Cabe esperar que los Estados miembros de la UE respondan a propuestas como estas, mostrando algún nivel de reconocimiento de la amenaza que China representa para todos nosotros. El Acuerdo Integral sobre Inversiones, firmado recientemente entre la UE y China, traerá pocos beneficios a las economías europeas. Es más, algunos miembros de la UE se autoengañan al pensar que el acuerdo mejorará los estándares laborales y acabará con el trabajo forzado en China.

Por desgracia, los líderes europeos en general y la canciller alemana, Angela Merkel, en particular, están confiando el desarrollo de un papel global serio de Europa a los departamentos de ventas de Volkswagen y otros grandes fabricantes de automóviles germanos. Mi temor es que la UE esté cometiendo errores estratégicos graves en sus relaciones tanto con China como con Rusia. Estoy seguro de que la Unión conserva algún sentido de lo que deberían ser sus valores.

Biden desea socios serios y comprometidos no solo para contener la mala conducta del PCC, sino también para cooperar con China cuando esté lista para ser constructiva en asuntos como el cambio climático y la resistencia antimicrobiana. Por supuesto, trabajar en conjunto en estos temas va en beneficio de todos. Para las democracias del mundo, también lo es saber hacia dónde debe apuntar la cooperación.

CHRIS PATTEN
© Project Syndicate
Londres(*) Excomisionado de la Unión Europea para asuntos exteriores, último gobernador británico de Hong Kong y rector de la Universidad de Oxford.

Una política exterior con problemas heredados

Por: Richard Haass

Joe Biden solo es presidente de Estados Unidos desde hace unas pocas semanas, pero los elementos centrales de su enfoque para el mundo ya quedaron en claro: reconstruir puertas adentro, trabajar con los aliados, abrazar la diplomacia, participar en las instituciones internacionales y promover la democracia. Todo esto lo pone directamente dentro de la tradición ampliamente exitosa de la política exterior estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial y que repudió su predecesor, Donald Trump.

Durante su primer discurso sobre política exterior, desde el Departamento de Estado el 4 de febrero, Biden declaró que “Estados Unidos ha vuelto”. Enfatizó que el secretario de Estado, Tony Blinken, lo representa y se esforzó por apoyar tanto a los diplomáticos estadounidenses como a la diplomacia de su país. Biden también declaró que detendrá la retirada de las fuerzas armadas estadounidenses de Alemania. Y es de suponer que lo hizo para devolver a los miembros de la Otán la confianza en las garantías de seguridad estadounidenses y enviar al presidente ruso, Vladimir Putin, la señal de que no debe tratar de usar la temeridad en el exterior para distraer la atención de las protestas en casa.

En Arabia Saudita, Biden caminó por una delgada línea, distanció a EE. UU. del apoyo militar y de inteligencia para la guerra en Yemen, y explicó que la participación estadounidense de ahora en más será diplomática y humanitaria. Al mismo tiempo, dejó en claro que los sauditas no enfrentan solos a Irán. La cuadratura de este círculo distará de ser fácil, especialmente cuando se tiene en cuenta la complicación adicional de los desacuerdos de EE. UU. con los líderes sauditas por su pobre historial en términos de derechos humanos.

La capacidad de Biden para alcanzar el éxito en el mundo se verá limitada por unos varios factores, muchos de ellos, heredados. La capacidad de EE. UU. para promover eficazmente la democracia quedó muy reducida después de la insurrección del 6 de enero en el Capitolio estadounidense y a la vista de la política polarizada del país, el racismo endémico y el año de inepta gestión de la pandemia del covid-19 por Trump.
La buena noticia es que los avances para lidiar con la pandemia y sus secuelas económicas ya están a la vista; la mala es que no hay dudas de que las divisiones políticas y sociales del país continuarán.

A Biden le gusta decir que EE. UU. liderará con el poder de su ejemplo, pero tal vez pase mucho tiempo hasta que ese ejemplo sea nuevamente admirado en el mundo. Biden reforzó aún más los asuntos humanitarios cuando se comprometió a abrir las puertas del país a un número mucho mayor de refugiados. Algo que también ayudaría sería la entrega de una cantidad significativa de dosis de las vacunas contra el covid-19 al mundo en vías de desarrollo. Esto no solo sería moralmente correcto, sino que además beneficiaría a EE. UU., ya que enlentecería el surgimiento de mutaciones que amenazan la eficacia de las vacunas existentes. También ayudaría a que los países en todo el mundo se recuperen, lo que produciría una mejora económica amplia y, en última instancia, menos refugiados.

El temor a que Trump no haya sido una aberración, sino el reflejo de aquello en lo que se ha convertido EE. UU., debilita su influencia

Aunque Biden está en lo cierto al criticar a Rusia y China por infringir el Estado de derecho, no puede obligarlos. Putin y el presidente chino, Xi Jinping, están preparados para pagar el precio de las sanciones para mantener el control político, y EE. UU. no puede arriesgar la relación con ninguno de esos países por los derechos humanos. Debe considerar otros intereses fundamentales, una realidad que quedó de relieve con la decisión del gobierno de Biden de firmar una extensión por cinco años del nuevo pacto nuclear Start con Rusia.

Realidades similares –la necesidad de ayuda frente a Corea del Norte, por mencionar una– limitarán la presión que Estados Unidos puede ejercer sobre China por su comportamiento en Hong Kong o frente a la minoría uigur en Sinkiang. E incluso en aquellos sitios donde Biden puede poner el Estado de derecho en el centro de la política estadounidense –por ejemplo, en Birmania– tal vez descubra que los gobiernos pueden resistir, especialmente si cuentan con ayuda extranjera. Todo esto pone en duda la sensatez de posicionar la promoción de la democracia tan en el centro de la política exterior estadounidense.

La política china será más fácil de articular que de implementar. Biden criticó duramente el comportamiento chino, pero también marcó su deseo de trabajar con el gobierno de Xi cuando eso beneficie a EE. UU. China tendrá que decidir si está preparada para reciprocar frente a la crítica, las sanciones y las restricciones a las exportaciones de tecnología sensible de EE. UU.

Estados Unidos también enfrentará dificultades para concretar su meta de organizar al mundo para encontrar soluciones a los desafíos mundiales, desde las enfermedades infecciosas y el cambio climático hasta la proliferación nuclear y la conducta en el ciberespacio.

No hay consenso ni comunidad internacional y EE. UU. no puede obligar a otros a actuar como lo desea, ni alcanzar el éxito por sí solo. Quedan unas cuantas decisiones difíciles. El gobierno de Biden tendrá que determinar qué hacer frente a las ambiciones nucleares iraníes (y si volverá a ingresar en el pacto nuclear de 2015, que muchos observadores consideran defectuoso). También hay preguntas sobre qué hacer con el acuerdo firmado hace un año con los talibanes –no tanto un acuerdo de paz, sino un pretexto para la retirada militar estadounidense– y sobre el régimen norcoreano que continúa expandiendo sus arsenales nucleares y de misiles.

Independientemente de la forma que asuma la política exterior de Biden, es importante que sea bipartidista e involucre al Congreso siempre que sea posible. Es comprensible que los aliados de EE. UU. teman que en cuatro años los estadounidenses vuelvan al trumpismo, si no al propio Trump. El temor a que Trump no haya sido una aberración, sino el reflejo de aquello en lo que se ha convertido EE. UU., debilita la influencia de ese país. La tentación de gobernar a través de decretos del ejecutivo es comprensible, pero cuando se trata de política exterior, Biden debiera reflotar el principio de que la política local termina donde empieza el agua.

(Le recomendamos: EE.UU. y Canadá se comprometen a lograr 0 emisiones de carbono en 2050).

RICHARD HAASS
© Project Syndicate
Nueva York

Ha sido Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, Director de Planificación de Políticas para el Departamento de Estado, enviado especial del presidente George W. Bush a Irlanda del Norte y Coordinador para el futuro de Afganistán.



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