La situación en Cisjordania
Israel celebra elecciones legislativas en octubre. Con la coalición del primer ministro Benjamín Netanyahu peor parada en los sondeos que la oposición, los socios ultranacionalistas que sueñan con el Gran Israel temen el fin del “milagro” colonizador, como lo definió una de sus ministras, Orit Strock, en un encuentro a puerta cerrada con colonos el año pasado. “Me siento”, decía, “como alguien que se detiene en un semáforo y de repente la luz está en verde”.
El Gobierno de Netanyahu (que es, desde la fundación del país en 1948, el que tiene un mayor peso de los ultranacionalistas) viene transformando Cisjordania a toda prisa desde 2022. El resultado: una expansión sin precedentes de los asentamientos, opacada por la invasión de Gaza; expropiaciones récord de tierras y más de 3.000 expulsados por violencia de los colonos. Este mes, ha pisado además el acelerador con una serie de medidas que profundizan la anexión de facto de Cisjordania, el territorio palestino que ocupa militarmente desde 1967, pero que nunca se ha anexionado formalmente, a diferencia de Jerusalén Este y el Golán sirio. Todo es cada vez más rápido y explícito, con una nueva palabra de moda en el argot político nacional: soberanía.
Las consecuencias son visibles. Cada trayecto por Cisjordania depara alguna novedad. Desde más banderas israelíes o símbolos judíos al borde de las carreteras hasta la práctica ausencia de palestinos en espacios abiertos, sustituidos por colonos sacando su ganado a pastar. También algún protoasentamiento en una colina o nuevas barreras a la entrada de localidades palestinas. Hay hasta anuncios inmobiliarios en colonias antes consideradas remotas.