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Gambia, exporta harina de pescado pero no tiene peces para su gente – África – Internacional

Written by on April 14, 2021



Gunjur, una ciudad de unas 15.000 personas, se encuentra en la costa del sur de Gambia, el país más pequeño de África. Durante el día, sus playas están llenas de actividad. Los pescadores conducen largas canoas hacia la orilla, donde transfieren sus capturas a las mujeres.

Cinco minutos tierra adentro hay un entorno más tranquilo: una reserva de vida silvestre conocida como Bolong Fenyo. Establecida por la comunidad de Gunjur en 2008, la reserva está destinada a proteger 790 acres de playa, manglares, humedales, sabanas y una laguna que ha sido un hábitat exuberante para una notable variedad de especies. Una maravilla de la biodiversidad. Pero en la mañana del 22 de mayo de 2017, la comunidad de Gunjur descubrió que la laguna se había tornado color carmesí durante la noche, y estaba llena de peces muertos flotantes.

Algunos residentes llenaron botellas con agua de la laguna y se las llevaron a la única persona de la ciudad que pensaron que podría ayudar: Ahmed Manjang. Nacido y criado en Gunjur, Manjang ahora vive en Arabia Saudita, donde trabaja como microbiólogo sénior. Resultó que estaba visitando a su familia y recogió sus propias muestras para analizarlas y las envió a un laboratorio en Alemania. Los resultados fueron alarmantes. El agua contenía el doble de arsénico y 40 veces la cantidad de fosfatos y nitratos considerados seguros.

La primavera siguiente, escribió una carta al ministro de Medioambiente de Gambia, calificando la muerte de la laguna como “un desastre absoluto”. La contaminación a estos niveles, concluyó Manjang, solo podría tener una fuente: desechos vertidos ilegalmente de una planta procesadora de pescado china llamada Golden Lead, que opera en el borde de la reserva. Las autoridades ambientales de Gambia multaron a la empresa con 25.000 dólares.

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En 2017, China canceló 14 millones de dólares en deuda de Gambia e invirtió 33 millones para desarrollar la agricultura y la pesca, incluida Golden Lead y otras dos plantas de procesamiento de pescado a lo largo de la costa de Gambia. A los residentes de Gunjur se les dijo que la planta traería puestos de trabajo, un mercado de pescado y una carretera pavimentada a través del corazón de la ciudad.

Golden Lead y las otras fábricas se construyeron rápidamente para satisfacer la creciente demanda mundial de harina de pescado, un lucrativo polvo que se obtiene pulverizando y cocinando pescado. Exportada a los EE. UU., Europa y Asia, la harina de pescado se utiliza como un suplemento rico en proteínas en la floreciente industria de la piscicultura o la acuicultura.

África Occidental se encuentra entre los productores de harina de pescado de más rápido crecimiento en el mundo: más de 50 plantas de procesamiento operan en Mauritania, Senegal, Guinea-Bisáu y Gambia. El volumen de pescado que consumen es enorme: una sola planta en Gambia ingiere más de 7.500 toneladas de pescado al año, la mayoría de un tipo local de sábalo conocido como bonga.

Para los pescadores locales, el auge de la acuicultura ha diezmado las poblaciones de peces de la región y puesto en peligro sus medios de vida.

Después de que Golden Lead fuera multado, en 2019, dejó de liberar su efluente tóxico directamente a la laguna. En cambio, instaló una larga tubería de aguas residuales debajo de una playa pública cercana, arrojando desechos directamente al mar. Los nadadores pronto comenzaron a quejarse de erupciones en la piel, el océano se espesó con algas y miles de peces muertos fueron arrastrados a la orilla. El hedor a pescado podrido se pegaba a la ropa. Jojo Huang, el director de la planta, ha dicho públicamente que la instalación sigue todas las regulaciones y “no bombea productos químicos al mar”.

La industria pesquera aparentemente está tratando de disminuir la tasa de agotamiento de los océanos, pero al cultivar los peces que más comemos, está agotando el stock de muchos otros.

En marzo de 2018, unos 150 comerciantes locales, entre jóvenes y pescadores, empuñando palas, se reunieron en la playa para desenterrar la tubería y destruirla. Dos meses después, con la aprobación del Gobierno, los trabajadores de Golden Lead instalaron una nueva tubería, esta vez colocando una bandera china a su lado.

Manjang estaba indignado. “¡No tiene sentido!”, me dijo, cuando lo visité en Gunjur. Manjang se puso en contacto con ambientalistas, periodistas y legisladores de Gambia, pero el ministro de Comercio de Gambia pronto le advirtió que impulsar el tema solo pondría en peligro la inversión extranjera. El Dr. Bamba Banja, jefe del Ministerio de Pesca y Recursos Hídricos, le dijo a un periodista local que el horrible hedor era solo “el olor a dinero”.

La demanda mundial de productos del mar se ha duplicado desde los años 60. Nuestro apetito por el pescado ha superado lo que podemos capturar de forma sostenible: más del 80 por ciento de las poblaciones de peces del mundo se han menguado o no pueden soportar más pesca. La acuicultura ha surgido como una alternativa. EE. UU. importa el 80 por ciento de sus productos de mar, la mayoría de los cuales se cultivan. La mayor parte proviene de China, por mucho el mayor productor mundial, donde los peces se cultivan en grandes estanques sin salida al mar o en corrales en alta mar que abarcan varias millas cuadradas.

Los productos del mar cultivados producen una cuarta parte de las emisiones de carbono por libra que produce la carne de res y dos tercios de lo que produce la carne de cerdo. Aun así, también existen costos ocultos. Cuando millones de peces se apiñan, generan una gran cantidad de desechos. Si están encerrados en piscinas costeras poco profundas, los desechos sólidos se convierten en un lodo espeso en el fondo marino, sofocando plantas y animales.

Está claro que si queremos alimentar a la creciente población humana del planeta, que depende de la proteína animal, tendremos que depender en gran medida de la acuicultura industrial. Los principales grupos ambientalistas han abrazado esta idea. Muchos conservacionistas dicen que la piscicultura se puede hacer aún más sostenible con una supervisión más estricta.

El mayor desafío para la cría de peces es alimentarlos. Los alimentos constituyen aproximadamente el 70 por ciento de los gastos generales de la industria y, hasta ahora, la única fuente de alimento comercialmente viable es la harina de pescado. Perversamente, las granjas acuícolas que producen algunos de los mariscos más populares, como la carpa, el salmón o la lubina europea, en realidad consumen más pescado del que envían a los supermercados y restaurantes. Antes de que llegue al mercado, un atún ‘criado en granjas’ puede comer más de 15 veces su peso en pescado en libertad que se ha convertido en harina. Aproximadamente, una cuarta parte de todo el pescado capturado en el mar en todo el mundo termina como harina de pescado.

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El resultado es una paradoja preocupante: la industria pesquera aparentemente está tratando de disminuir la tasa de agotamiento de los océanos, pero al cultivar los peces que más comemos, está agotando el stock de muchos otros. Gambia exporta gran parte de su harina de pescado a China y Noruega, donde alimenta un suministro abundante y económico de salmón de piscifactoría para el consumo europeo y estadounidense. Mientras tanto, los peces de los que dependen los propios gambianos para sobrevivir están desapareciendo rápidamente.

James Gómez, ministro de Pesca y Recursos Hídricos del país, insistió en 2019 en que “las pesquerías de Gambia están prosperando” y cuando un legislador le preguntó sobre las críticas a las tres plantas de harina, incluido su voraz consumo de bonga, dijo que “los barcos no están tomando más que una cantidad sostenible”.

Estimar la salud de la población de peces de una nación es una ciencia turbia. Ad Corten, un biólogo pesquero holandés, me dijo que la tarea es aún más difícil en África Occidental. Las únicas evaluaciones confiables de las poblaciones de peces en el área se han centrado en Mauritania, dijo Corten, y muestran una fuerte disminución impulsada por la industria de la harina.

Sin embargo, aunque no tiene barcos de policía propios, Gambia está tratando de proteger mejor sus aguas. En agosto de 2019, me uní a una patrulla secreta que la agencia de pesca estaba llevando a cabo con la ayuda de un grupo internacional llamado Sea Shepherd y su barco Sam Simon.

En Gambia, las nueve millas de agua más cercanas a la costa se han reservado para los pescadores locales, pero en un día cualquiera decenas de barcos extranjeros son visibles desde la playa. La misión de Sea Shepherd era abordar a los intrusos u otras embarcaciones involucradas en comportamientos prohibidos.

En las semanas siguientes, el Sam Simon inspeccionó 14 barcos extranjeros, la mayoría de ellos chinos y con licencia para pescar en aguas de Gambia, y arrestó a 13 de ellos. Todos los barcos, menos uno, fueron acusados de carecer de un libro de registro de pesca adecuado, y muchos también fueron multados por condiciones de vida inadecuadas de sus trabajadores y por violar una ley que estipula que los gambianos deben constituir el 20 por ciento de las tripulaciones.

La demanda mundial de productos del mar se ha duplicado desde los años 60. Nuestro apetito por el pescado ha superado lo que podemos capturar de forma sostenible.

En un barco no había suficientes botas para los marineros, y un trabajador senegalés fue pinchado con un bigote de bagre mientras usaba chanclas. Su pie hinchado parecía una berenjena podrida. En otro barco, ocho trabajadores dormían en un espacio destinado a dos.

De vuelta en Banjul, busqué a Manneh, periodista y defensor ambiental en Gambia, quien se ofreció a llevarme a la fábrica de Golden Lead. Un hedor acre, como cáscaras de naranja quemadas y carne podrida, nos asaltó cuando salimos del carro.

La harina de pescado es relativamente simple de hacer y el proceso está altamente mecanizado, lo que significa que las plantas del tamaño de Golden Lead solo necesitan alrededor de una docena de hombres.

A unos metros de distancia, Dawda Jack Jabang, el propietario de Treehouse Lodge, un hotel y restaurante abandonado frente a la playa, me dijo: “Pasé dos buenos años trabajando aquí”, pero las reservas de hoteles se han desplomado y el olor de la planta es tan nocivo que los clientes abandonan el restaurante antes de terminar de comer.

En mayo del año pasado, muchos de los trabajadores de las tripulaciones de pesca regresaron a casa para celebrar el Eid justo cuando se cerraban las fronteras. Dado que los trabajadores no pudieron regresar a Gambia y se implementaron nuevas medidas de cierre, Golden Lead debía cerrar sus operaciones. Manneh obtuvo grabaciones secretas en las que Bamba Banja, del Ministerio de Pesca, hablaba de sobornos a cambio de permitir que las fábricas operaran durante el cierre. En octubre, Banja se tomó una licencia luego de que una investigación policial descubriera que, entre 2018 y 2020, había aceptado 10.000 dólares en sobornos de pescadores y empresas, incluida Golden Lead.

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El día que me fui de Gambia, mientras me dirigía al único aeropuerto internacional del país, el taxista me dijo con frustración: “Este es el camino que la planta de harina de pescado prometió pavimentar”.

IAN URBINA*
Especial para El Tiempo​

*Fue periodista de investigación en ‘The New York Times’. Es director de The Outlaw Ocean Project. Ha focalizado sus reportajes en la contaminación y delitos contra los derechos humanos en el mar.



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